Reencuentros con nuestros amigos es muy infinito!
Lo saque de un blog personal y me encanto.
Quienes transitamos por la treintena, coincidiremos en que los primeros años de esta son una verdadera vorágine de nuevas sensaciones. Todo nuestro entorno parece ser distinto. De jóvenes pasamos a ser
caballeros y más de algún veinteañero con no más de cuatro años de diferencia a nosotros puede llegar a llamarnos ‘tíos’, dejándonos con la boca abierta y arruinándonos el día. Muchos se encuentran con familia recién formada y los que no se han casado pasan a ser blanco de cuestionamientos propios y ajenos que van desde la inadaptabilidad a la sexualidad dudosa. Nos volvemos más serenos, meditabundos, como mudando piel. Simplemente algo se gatilla internamente que nos lleva a descubrirnos como adultos.
Entre las mil y una situaciones nuevas a las que nos enfrentamos, hay una que reviste la mayor de las importancias, por tratarse de un hecho difícil de predecir y de resultados imposibles de imaginar. Se trata de la repetición de la gente. Sí, lo que ha leído, la repetición de la gente.
Cuando la vida parece tomar un rumbo lineal, con el destino escrito por nuestras propias manos, de pronto nos encontramos con una amable sonrisa que nos saluda de nombre y apellido y con una efusión digna de un fan a su artista favorito. En solo cuestión de microsegundos, nuestro cerebro comienza un escaneo mental, buscando hacer encajar voz, rostro, cuerpo, actitud y mirada con alguna ya conocida y cuando finalmente logramos descubrir de quien se trata, una oleada de recuerdos nos invaden, los menos contenidos dispararán un visceral ‘Qué te pasó!’ y todos llegamos a sentirnos con ‘veintypocos’ otra vez, la sonrisa se instala en nuestra cara y la conversación nace como espuma de la leche hervida.
La pregunta parece obvia, ¿Cómo un hecho que trae tanta añoranza podría traer resultados nefastos?
Entre tanto bloque de personas que dejamos atrás y que son potenciales repeticiones en nuestra vida, están aquellas a quienes en algún momento amamos y con las cuales desarrollamos una relación sentimental. Es allí, entre recuerdos alegres y llorados, cuando ponemos a prueba nuestra propia madurez y el crecimiento del que nos jactamos. Nos encontramos con seres a menudo totalmente distintos a los que dejamos de amar o a los que nos dijeron adiós y lo que es peor, logramos entender qué tan importantes fuimos en el crecimiento y la madurez del otro.
Si tenemos suerte, descubriremos pocos cambios y el reencuentro no será más que una amena travesía memorial. De no ser así estaremos frente a un ser completamente distinto, un megapartido en cuerpo y posición social desperdiciado por nosotros mismos, haciéndonos sentir culpables de la lejanía, de nuestra soltería o incluso de nuestro matrimonio. En su defecto, nos encontraremos con un ser inversamente distinto al que conocimos, completamente ajeno a nuestros gustos actuales, desconoceremos su lenguaje y su físico, viviremos un vergonzoso viaje por lo más oscuro de nuestro pasado y llegaremos a negar completamente todo lo sucedido entre ambos, bloqueando cada uno de los hechos como si se tratase de una fotografía que quisiéramos romper y eliminar por completo.
Sea como fuere, el reencuentro con nuestro pasado esta a la vuelta de la esquina. Cualquier día, a cualquier hora, tendremos un encontrón de lo que somos y queremos con lo que fuimos y quisimos, un déjà vu con carácter de racconto que no pasará inadvertido ni nos dejará indiferentes.
Sí…, ya tenemos treinta años y después de aquel encuentro será inútil no volvernos un poco más serenos, más meditabundos y sin duda avanzar un peldaño más en nuestra madurez. Así mismo inútil también será no preguntarse: ¿Qué cresta sucederá a los cuarenta?!